Elección Divina

La elección ha de distinguirse claramente de la predestinación. Este último término, tanto en su condición de sustantivo como en sus muchas formas verbales, está aplicada en el Nuevo Testamento a creyentes y nunca a inconversos. La elección divina es un concepto no muy bien entendido, sin duda siempre difícil, al que es necesario prestar atención para determinar bien su alcance.

Sin duda, el pensamiento de Dios, excede absolutamente a nuestro pensamiento, limitado y humano, pero eso no permite desconocer una doctrina que está extendida por toda la Escritura y que el mismo Señor se refirió a ella en Su ministerio. En esta Epístola, volverá el apóstol a referirse a ella, cuando escribe: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (2:9). Consecuentemente con la identidad temática de la Biblia, la referencia que Pedro usa aquí está tomada de la condición del pueblo de Israel en la antigua dispensación: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido…” (Dt. 7:6.7). Del mismo modo ocurre con los creyentes en el tiempo presente, como abiertamente se declara en muchos lugares del Nuevo Testamento, a modo de ejemplo este: “Nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13)[1]. Jesús mismo hizo afirmaciones que puntualizan la soberanía de Dios en salvación, a modo de ejemplo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:44), si bien esta verdad tiene por objeto hacer entender a los hombres que no son ellos los que se salvan procurando la salvación y esforzándose por hallarla, sino que es Dios de quien procede, se ejecutó y se otorga (Sal. 3:8; Jon. 2:9).

La referencia aquí a la elección de los creyentes, es una verdad enseñada por los apóstoles, como Pablo, el predicador del evangelio de la gracia escribe: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo…” (Ef. 1:4). Aunque en Pedro el término es un adjetivo y en Pablo es un verbo, no hay diferencia en cuanto a que la bendición personal de cada uno de los destinatarios es la elección en Cristo. El término tiene un sentido más teológico que semántico, que adquiere la condición de un concepto bíblico y significa escoger, elegir, seleccionar. En el Nuevo Testamento el aspecto de elección revela el acto divino que se hace en los hombres, tanto judíos como gentiles, para el llamamiento de Dios a salvación y alcanzarla por gracia. La expresión lleva implícita el sentido de un afecto positivo, que elige. Debe recordarse dos aspectos en relación con ese término 1) La elección se realizó antes de la creación, o como expresa el apóstol Pablo “antes de la fundación del mundo”[2], hebraísmo que se refiere a la eternidad. Es una expresión semejante a la que Jesús utiliza en Su oración al Padre, al referirse a la gloria que tiene como Dios, antes de la creación (Jn. 17:5) y al amor con que es amado por el Padre en la eternidad (Jn. 17:24). La misma forma es usada un poco más adelante, en la Epístola para referirse a la predestinación divina para Cristo en relación con la redención (1 P. 1:20). 2) La elección efectuada antes del tiempo, por tanto, antes de la creación, tuvo lugar “en Cristo”. Quiere decir que las bendiciones plenas de Dios, se alcanzan por una posición personal del creyente en Cristo, así también la elección. La cláusula en Él, no tiene el mero sentido de una persona que representa a otra, lo que, en cierta medida permitiría hablar de una elección universal de todos los hombres en Cristo, sino que lo que expresan esas palabras en el contexto de la Epístola, es que los salvos, en la elección divina, estaban ya en Cristo. Este sentido se afirma en la utilización de la fórmula en otros muchos pasajes, lo que no se establece para entender el sentido pleno de la elección sino para enseñar que, desde el punto de vista de esa elección divina, los creyentes están incluidos ya en Cristo desde la eternidad. Los creyentes, nunca han dejado de estar en Cristo, según la voluntad y el saber de Dios. Estar en Cristo precede a todo, antecede a todo, por cuanto estamos en Él desde la eternidad. La bendición de la salvación es la realización en el tiempo histórico de la presciencia divina en donde se manifiesta la eterna elección y se abraza en ella al creyente. Esto da un concepto más amplio al sentido de la bendición, a saber: como bendecido por Dios en Cristo, somos ahora lo que hemos sido siempre por elección, establecida antes del tiempo. El verdadero ser del cristiano, supera en todo el concepto de ser del mundo, que resulta simplemente en la expresión de la criatura, por el contrario, el ser del cristiano es la expresión de una anticipación eterna. Ese es el fundamento que el apóstol Juan tiene para decir que los nombres de los creyentes están escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado, desde la fundación del mundo (Ap. 13:8; 21:27). El libro de la vida es una expresión metafórica para referirse al conocimiento que Dios tiene del nombre de cada uno de los salvos. Este término aparece con relativa frecuencia en la Escritura (Ex. 32:32; Sal. 69:28; Lc. 10:20; Fil. 4:3; He. 12:23; Ap. 13:8; 17:8; 20:12, 15; 21:27). Los que no están en el libro de la vida, no tendrán otro destino que la eterna condenación. Estos nombres están registrados desde antes de la fundación del mundo, lo que indica un preconocimiento divino de los salvos. El apóstol Pablo, en el detalle de la salvación en la Carta a los Romanos, habla de los que aman a Dios y dice: “esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28).

El autor de la elección “El Padre”, como se considerará en el versículo siguiente (v. 2). Dios escoge a quienes serían Su pueblo elegido y Su sacerdocio real (2:9). No es posible entender las razones de la elección que como acción y pensamiento divinos excede en todo a la comprensión humana. La única acción posible ante una bendición de tal naturaleza es alabar a Dios por ello.

La elección ha sido, es y será una doctrina cuestionada. Posiblemente la dimensión del contenido y las consecuencias de la elección conducen a algunos a buscar explicaciones a la razón por la que Dios ha hecho esto. La verdad mencionada contiene profundas verdades y algunas son tan densas que la mente humana no llega a comprenderlas en la dimensión necesaria para que no generen en ella conflicto de raciocinio, ya que en una lectura prejuiciada conduce a aparentes contradicciones con otras partes de la Escritura. Por tanto, será necesario hacer aquí unas sencillas reflexiones, entre ellas afirmar que la elección es una doctrina bíblica. La Biblia enseña la elección divina relacionada con distintos aspectos y grupos. Se enseña la elección divina de Israel (Ro. 11:5-8). Hay referencias abundantes a la elección divina de personas, profetas como Jeremías (Jer. 1:5), apóstoles, como Pablo (Gá. 1:15). La Biblia enseñan también la elección divina de los creyentes en general (2 Ts. 2:13, 14; 2 Ti. 1:9; 1 P. 1:2). Esa realidad corresponde a una acción propia de Dios en el ejercicio de Su soberanía, que no se regula, rige o condiciona por leyes o actos humanos. En ocasiones el hombre, al no entender la razón de las operaciones divinas, se atreve a increpara y discutir con Dios (Ro. 9:18-20). La doctrina bíblica de la elección ha sido mal entendida por “niños espirituales”, que son los creyentes que no han alcanzado la madurez por falta del conocimiento de la Escritura, pero debe ser estudiada por creyentes maduros para provecho espiritual (1 Co. 2:6; 3:1, 2).

Hay cinco posiciones frente a la doctrina de la elección.

1) La posición arminiana. Jaime Armiño fue un teólogo holandés, que asumió un semipelagianismo, negando todo tipo de elección divina en la esfera de la salvación. Afirmaba que el hombre se salva por fe, aparte de la gracia, ya que, según él, la gracia se da a todos los hombres incondicionalmente. Enseñaba que la salvación del creyente descansa en su fe personal, por tanto, puede perderse si se llega a perder la fe.

2) Posición wesleyana-arminiana. Hace una modificación de la perspectiva arminiana en cuanto a la gracia, pero mantiene la fe como base de la salvación. La perseverancia del creyente es condición para salvarse. Afirman que ningún hombre peca por su condición pecadora, sino porque no usa la gracia que es dada a cada uno. Enseñan también que si no se persevera en la fe, se pierde la salvación.

3) Posición calvinista extrema o hipercalvinista, llamado también calvinismo de cinco puntos. Entienden que la redención no es ilimitada, esto es para todos, sino limitada, es decir, solo para los escogidos. Establece una deducción filosófica frente a la elección, llegando a la conclusión de que, si Dios ha elegido a algunos para salvación, luego ha ordenado al resto para eterna condenación. Esta posición es rebatida por muchos pasajes bíblicos como, por ejemplo (1 Ti. 2:3, 4).

4) Posición calvinista moderada. Acepta la elección divina para salvación, pero cree en la redención ilimitada, por tanto, si Cristo murió por todos, Dios ha hecho posible que todo pecador que crea en Cristo, sea salvo. Cree que el hombre se salva solo por gracia mediante la fe. Cree que esa obra es en todo un don de Dios, y que se otorga al hombre sin razón a ningún mérito suyo. Cree que los que se salvan, se salvan eternamente y que la salvación no puede perderse jamás.

5) Posición ecléctica. Es la posición de la indefinición teológica, por la que se toma lo más conveniente de cada sistema y se traza una vía intermedia de interpretación. Pretenden solucionar el problema de la elección para salvación enseñando que Dios escogió para ministerio, pero no para salvación. Afirman que la elección para salvación es universal y hecha en Cristo para toda la humanidad de modo que el hombre que no cree se excluye de ella voluntaria y personalmente. Asumen la seguridad de salvación para todos los que creen y afirman que el hombre se salva por gracia, pero la fe -como medio de salvación- es algo propio del hombre, generada y nacida por él mismo, y no es un don divino.

¿Cuál es la verdadera posición? Ningún sistema teológico es inerrante, sólo la Escritura lo es (2 Ti. 3:16), por tanto, sólo la Biblia tiene la verdadera posición. Ningún sistema teológico humano puede reconciliar cosas que en nuestra propia razón no se concilian y que aparentemente se contradicen. La Biblia presenta dos líneas paralelas de pensamiento y revelación:

1) El acto soberano de la elección.

2) La gracia libre y general para todos. Cuando el creyente llega a un asunto imposible de superar para el pensamiento humano, ha de orar sobre él, seguir estudiando y no olvidarse que hay cosas que entenderemos sólo cuando estemos en la presencia de Dios. El estudio de las doctrinas no debe separarnos y generar divisiones entre cristianos, sino aproximarnos al darnos cuenta de que todos tenemos una mente limitada, frente a la mente infinita de Dios. Cuando el creyente viene a la presencia de Dios para ponerse delante de Su Santa Palabra, debe hacerlo con un corazón desprovisto de prejuicios.

Hay algunas verdades fundamentales que preparan el camino para el estudio de la elección:

1) El amor de Dios es por igual para todos los hombres (Jn. 3:16).

2) Cristo murió por todos y no sólo por algunos (2 Co. 5:14, 15; 1 Ti. 2:6).

3) Dios cargó sobre Cristo el pecado, en singular, de todos los hombres, para hacer potencialmente salvables a todos los mortales (Is. 53:6).

4) Dios hace una invitación general para todo pecador (Mt. 11:28; Ap. 22:17).

5) Cualquiera que crea con fe verdadera y se vuelva a Cristo, será salvo (Jn. 3:16; 5:24; Hch. 16:31; Ro. 1:16).

6) La invitación general de la gracia puede ser rechazada y es la causa de eterna perdición para el pecador rebelde (Jn. 3:36).

7) Las promesas de Dios no pueden ser quebrantadas.

La elección es una doctrina bíblica que alcanza tres aspectos:

1) la elección para privilegios y servicios específicos, tal como ocurrió con Abraham (Gn. 12:1), o con Jacob, el menor entre dos hermanos (Ro. 9:10-13).

2) Elección para oficios: Dios escogió dentro del pueblo de Israel a los levitas para el ministerio sacerdotal, a Moisés para conducir y liberar al pueblo, a reyes como David, y también Jesús escogió a los discípulos.

3) Elección de individuos para salvación, ser hechos hijos de Dios y herederos de la gloria eterna (Ro. 11:5; 1 Co. 1:26-29; 1 Ts. 1:4; 1 P. 1:2; 2 P. 1:10).

Hay algunas características de la elección:

1) Es incondicional, ya que se produce antes de la constitución del mundo, por tanto, no obedece a ningún mérito ni demérito personal, ni es causada por acción humana alguna, puesto que el hombre no había sido creado (2 Ti. 1:9).

2) Tiene una meta definida, “para que fuésemos santos y sin mancha” (Ef. 1:4). En ese sentido Dios no elige porque preveía que algunos querrían ser santos, sino que los escogió para que lo fuesen. Enseñar que Dios escogió porque veía en el futuro que habían de creer, es colocar al Eterno en la posición de un mero vidente que, desde la eternidad, elegía a aquellos que por decisión propia llegarían a ser santos. El propósito está bien marcado en el acto de la elección para salvación. Estos son aquellos a los que Dios conoció (Ro. 8:29). Conocer es un acto de prefamiliaridad en el ejercicio de Su absoluta soberanía y voluntad, lo que se puede ilustrar con la relación con Israel (Am. 3:2).

3) Ocurre en un determinado tiempo: “antes de la fundación del mundo”, esto es, desde la eternidad. La elección confirma la inmutabilidad del plan eterno de redención. Esta enseñanza no es novedosa y elaborada o propuesta por Pablo, sino algo enseñado también por Cristo mismo, quien al referirse a los creyentes dice que “le fueron dados” (Jn. 6:39; 17:2, 9, 11, 24), estos son los que vienen a Él porque los trae el Padre (Jn. 6:44). Estos elegidos para salvación estaban ya en la mente de Dios desde antes de la creación, por tanto, la gloria de la salvación pertenece sólo a Dios.

A la doctrina de la elección se le han presentado objeciones que conviene aclarar:

1) La elección es hecha en Cristo, por tanto, tiene un alcance universal: todos los hombres son elegidos. Esta posición hace que el propósito divino de la elección: “para que fuésemos santos y sin mancha” quede reducido a un mero deseo y esté sujeto al arbitrio humano, haciendo fracasar el designio de Dios por los que no deseen serlo.

2) La elección anula la responsabilidad humana: A esto se responde que Dios no obliga al hombre para que crea, ni Él cree por el hombre. La responsabilidad del hombre es personal y consiste en aceptar o rechazar el don de Dios (Jn. 3:36). Todo aquel que quiera acudir a Cristo por fe, será salvo, creyendo en el evangelio (Ro. 1:16).

3) La elección quita el interés por la evangelización. Es necesario entender que Dios ha establecido el mandamiento de predicar el evangelio en todas las naciones para hacer discípulos (Mt. 28:19ss). El hombre se salva por gracia mediante la fe, creyendo al mensaje del evangelio (Ro. 10:14-15). El evangelista debe saber que todo aquel que crea será salvo.

4) La elección es una acepción de personas impropia de un Dios justo. Eso sería tal vez así si Dios no hubiera dispuesto una oferta de salvación para todos (Mt. 11:28). Pablo responde rotundamente a esta objeción al referirse a los vasos de salvación que Dios preparó y a los vasos de ira que se prepararon a sí mismos para condenación (Ro. 9:19-21).

5) Esta doctrina contradice y no concuerda con la invitación general del evangelio. Es un argumento de la mente humana que, como mente limitada, no puede entender el pensamiento ilimitado de Dios. Está ahí expresada para aceptarla por fe, como parte de la doctrina bíblica.

Samuel Pérez Millos (extracto de Comentario a 1ª Epístola de Pedro)

[1] Ver además Jn. 15:16; Ro. 8:29-30; 1 Co. 1:27; Ef. 1:4-5; 2:10; Col. 3:12; 1 Ts. 1:4; Tit. 1:1, etc.

[2] Griego proV katabolh`” kovsmou.